Muchas veces todos hemos gritado al cielo pidiendo Justicia, porque entendemos que vivimos situaciones que no son justas para nosotros. Quizá nos trabajamos mucho, realizamos un trabajo interior profundo, atento y constante. Un día llega otra situación en la que alguien que no lo hace, o creemos que no lo hace, nos provoca un incidente que nos desestabiliza o nos daña y se va de rositas, como suele decirse.
Parece que vienen a castigarnos más y no reciben su merecido. Nosotros en cambio tenemos que recomponernos, o asumir una deuda, o sanar una herida física. Entonces creemos que los demás vivien una vida muy cómoda, mientras que nosotros estamos sacrificándonos un día tras otro, renunciando a los placeres de la vida, a una vida cómoda, de viajes de placer, etc.
Y pedimos justicia. Ahora bien, ¿desde dónde lo hacemos? Si es desde el resentimiento o el rencor, lo que estamos haciendo es tratar de lanzar una flecha que impacte de lleno y le cree el mismo dolor o más, ya sea físico o emocional. Una de las formas sibilinas que tiene la mente de expresarse, porque el EGO tiene infinitos recursos.
Cuando avanzamos y el trabajo que hemos llevado a cabo ha llegado a un punto elevado, ya sabemos que nosotros no somos nadie para perdonar y redimir las faltas de nadie, ni para acusar a nadie, ni para juzgar a nadie, ni para condenar a nadie. Simplemente sabemos que cada quien está en su proceso y que solamente una conciencia más elevada que nosotros, su propio bagaje kármico, su propia conciencia y su propia sabiduría, es la que le estará marcando el camino.
Sabemos que hay muchas formas de compensar el karma o las lecciones que hemos venido a aprender. Que posiblemente pueda estar compensando sus propios aprendizajes de formas que se nos escapan totalmente o bien que está experimentando sus propias lecciones acumulando más karma para tener una consciencia mayor de qué corregir luego.
También sabemos que esta compensación no necesariamente tiene que ser a nosotros, o sea, que nos hizo algo y deba compensarnos a nosotros. Puede hacerlo con otras personas, o un colectivo de personas, o hacia otros reinos de la naturaleza. Por eso cuando estamos viviendo aún en un nivel de conciencia menos elevado, nuestro EGO exige compensación a quien nos produjo un daño o un desagravio y podemos estar clamando por esa compensación, sin embargo, ¿hasta qué punto el EGO no lo está disfrazando de venganza? La venganza es muy dulce y ver al otro caer como caímos nosotros es una satisfacción de esas que se vive a solas y muy intensamente. Pero no deja de ser venganza, y no deja de ser un nivel de conciencia primario.
Eso es confiar en la vida: no esperando que tarde o temprano se haga justicia, sino que cada cual elije cómo y con quién aprender sus propias lecciones, aunque no sea como le gustaría a nuestro EGO o nuestro niño interior herido.
Y menos mal, porque si tuviéramos que pagar a cada cual lo que hicimos el cuerpo no lo resistiría. Una razón más para ponerse en el lugar de los demás y para vernos reflejados en ellos. La vida siempre tiene mejores recursos que nuestra mente pequeña.
Esto es un verdadero salto cuántico, y es un salto cuántico que si muchos seres humanos diéramos en este mismo instante, la realidad como colectivo cambiaría por completo en muy poco tiempo.



