Hay muchas formas en que nos auto-saboteamos. Algunas de ellas son muy sibilinas, ya que depositamos la confianza en otras personas, o más bien, dejamos que nos lleven y nos guíen, y al final lo que sucede es que acabamos de darles más a ellos de lo que recibimos. Nos hacen creer que es justamente lo contrario, con alardes grandilocuentes hacen trucos de magia delante de nuestra cara y vemos cómo crece una idea que ya teníamos.
En un momento determinado, algo se interpuso en nuestro camino que bloqueó nuestro proceso de creación. Sin saber qué pasó, buscamos y buscamos pero no encontramos el motivo de qué ocurrió para no poder seguir adelante. Cuantas más vueltas le damos más nos alejamos de nuestro camino, y comienza la frustración y el desánimo.
Pero cuando menos lo esperamos, ¡oh milagro!, la magia sucede. Aparece el prestidigitador y con un pase mágico todo parece aclararse. Se abre un nuevo mundo de ilusión, la Creación misma está a nuestro alcance y las posibilidades se muestran en su infinitud. ¡Qué grande! Damos gracias a la vida por ponernos en nuestro camino al ilusionista que por fin nos hace la vid mucho más fácil. Como si nos hubiera dado el permiso de volver a ser nosotros.
Nuestra admiración nos hace llevar la atención a su espectáculo y nos quedamos anonadados. Poco a poco casi languidecemos, pero no importa, porque su magia nos deleita y nos hace vivir una fantasía que ya habíamos creído perdida. Nos desidentificamos de tal forma de nosotros mismos que poco a poco nos disolvemos en su magia, porque nos puede más el artificio que nuestra realidad. Sin darnos cuenta hemos creado un Dios o una Diosa, y de alguna forma le rendimos pleitesía.
Un día nuestra vida da un vuelco. Extrañas situaciones aparecen en nuestra vida y no sabemos qué nos pasa. La magia parece desaparecer y al mirar los espectáculos de ilusionismo, comenzamos a ver que hay cosas que nos parecen familiares. ¡Qué grande una vez más…! Parece una versión de uno mismo representada en el escenario y nos sentimos más vacíos, diferentes, con una energía que no parece pertenecernos. Sin embargo, vemos ante nosotros a nuestro Alter Ego. Menos mal, no todo está perdido. Al menos alguien puede continuar la labor.
Un día, algo nos hace reflexionar. Nos auto-observamos y casi no nos reconocemos. Algo se ha ido perdiendo por el camino. Como decía la canción, Algo de mí, se va muriendo… Buscamos la canción de Camilo Sexto y escuchamos la letra. La resignificamos y la realidad cobra un nuevo sentido. Nos vemos echando de menos una parte nuestra que se ha ido y ahora parece pertenecer al ilusionista. Nos consuela verlo feliz, haciendo alardes de una nueva magia, recibiendo la ovación del público, cada vez más entregado.
Una vez más, un pensamiento y una sensación acude a nosotros: ¡Déjalo, como niño que es necesita la ilusión de vestir un traje que no acaba de quedarle bien, pero nadie se da cuenta! Vive una ilusión dentro de su número de ilusionismo, al fin y al cabo, a eso se dedica, a repartir ilusión.
Un día ya decidimos que es suficiente. Que ya ha jugado bastante y que al fin y al cabo, no le hace nada bien, o sí, porque podría aprender algo nuevo. Bien pensado, ambos lo hicimos, el ilusionista a vivir una ilusión, y uno mismo a ver que tenemos mucho que dar, bastante más de lo que vimos en el escenario. Es hora de recuperar lo prestado.
Al hacerlo parecía un globo que se desinflaba. La compasión casi nos hace devolverle nuevamente lo que un día se apropió, pero ahora le tocaba aprender otra lección seguramente. La misma que aprendimos nosotros: busca en tu interior tu propia magia.
Posiblemente haya buscado nuevas víctimas y nuevos disfraces, para nuevos espectáculos. Quizá haya recapacitado y utilizar sus grandes dones para crear un espectáculo original. Quizá haya aprendido que el éxito es fugaz. Quizá haya aprendido que el verdadero éxito está en encontrarse a sí mismos, pero sé que haga lo que haga, es simplemente un camino de la búsqueda de sí mismo, de sí misma.
Mientras, el camino hizo que el proyecto inicial se enriqueciera con algunos destellos de ideas que pudimos ir dando forma. Sobre todo, en un momento pudimos ver en el escenario nuestro propio reflejo, nuestro espejo, y al vernos pudimos reconocernos. Desde ese momento supimos que solo era cuestión de tiempo volver a nosotros, recuperar nuestra propia magia y seguir adelante.
¡Que tu propia luz te ilumine y guíe tu camino!



