Hay muchas formas de abuso. Cuando alguien tiene memorias de ser abusador o abusadora, su psique quizá quiera rectificar esa información y para ello se convierta en salvador o salvadora. Querrá hacer el bien por encima de todo y buscará una causa justa para compensar lo que hizo en su día. Tratará de ayudar a toda costa y poner eso por encima de lo que entendemos por el respeto, la tolerancia y la impecabilidad.
Se justificará de forma que el fin justifique los medios porque vive aún en el niño o la niña herida que busca esa justicia, ese equilibrio que perdió un día. Un equilibrio desequilibrado, porque vive desde el dolor profundo, desde no perdonarse, buscar el amor en los demás, que le tengan en cuenta, que entiendan el mundo desde su óptica porque es por el bien de los más indefensos.
El peligro es que sin claridad no hay forma de comprender que no se puede obligar a nadie a ver el mundo desde su propio prisma, más cuando la falta de claridad por el dolor profundo que no siempre es entendido o no siempre se afronta con una honestidad brutal, se cae en una especie de justiciero o justiciera que trata de obligar, sin importar nada más allá que su propia causa, a que otros actúen a su forma o colaboren en su plan.
Inmersos, inmersas, en su propia nube, creen en su noble causa hasta tal punto que entran en una dualidad muy acusada, pasando de una polaridad a la contraria de forma natural y espontánea, porque todo vale. Llegan a un punto en que por no poner la atención en sí mismos, por no pararse y conocerse más, entender cómo funciona su propia biología y su propia psique, porque la misión les ha podido y no le ha permitido detenerse, confunden su propia energía y la que no es suya, han abierto tanto la puerta por querer salvar el mundo que el mundo les ha invadido y no saben cómo gestionarlo por la confusión que padecen.
El resultado es proyectar en otros la propia miseria, la miseria que todos los seres humanos tenemos de una u otra forma, nuestras cosas sin resolver. Entretenerse en causas ajenas y olvidarse de sí mismos hasta que llega el momento crucial que requiere poner atención, y se ven superados. Se agarran a otras personas para que hagan suya su misión, y hacen lo que saben hacer, aquello en lo que se han entretenido: ofrecer dádivas, seducir, crear fuegos artificiales y entrenimiento para que otros se rindan a sus habilidades, utilizar a otros para a través de ellos conseguir sus fines.
Continuar escondiéndose, no afrontando la propia sombra por creerse incompletos y desde esa incompletitud recurrir a la salvación del mundo en busca de la propia salvación, buscando la aceptación de los demás en lugar de aceptarse a sí mismos, les aleja de sí mismos. Pero la vida nos acaba por situar en un punto en que no hay otra posibilidad que mirar en nuestro interior.
Lao Tsé dijo: Quien domina a los otros es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso.
Es parte del Jardín de las experiencias en que participamos, en el que se muestra el dolor para ver qué hacemos con él: volcarlo hacia otros o afrontarlo con valentía y honestidad, para expresar el amor propio, porque sabemos que en realidad esconde un Don que está latente.
La paz se consigue siendo paz, no a cañonazos. Busquemos lo simple, vayamos al encuentro del máximo común divisor que acaba por señalarnos porque, en definitiva, cuando apuntamos hacia afuera y nos preguntamos cuál es el denominador común, nos damos cuenta de que el resultado está en nuestro interior. Despojémonos del miedo a lo desconocido, a la verdad que se oculta en nosotros. Así, podremos ser la luz que hemos venido a ser para alumbrar a otros y reconozcan su propia luz.
Que tu propia luz te ilumine y alumbre tu camino.



