La paz no es narcotización, ni renunciar a la propia identidad, ni vivir en un vacío permanente para no molestar, ni pasar desapercibidos o esconderse ocultando el propio brillo para no destacar y no despertar celos o envidia. Tampoco ser complacientes con lo que otros quieran a toda costa renunciando a nuestras propias necesidades o a expresar nuestra verdad.
Tampoco evitar poner límites para caer en una falsa tolerancia y buenismo, ni renunciar a nuestra valía, a nuestros propios valores, ni soportar relaciones tóxicas para no sentirse culpables por romper vínculos, ni renunciar a nuestros anhelos por acompañar a otros en su camino.
Lo anterior hace que nuestra propia luz se apague. Llegamos a confundir paz con renuncia, olvidando que siendo el ejemplo de cuidar nuestra propia energía y no renunciar a nosotros, es el camino para la verdadera paz que comienza por uno mismo. La confrontación debe de empezar siempre por uno mismo, porque estamos influenciados por las heridas emocionales de los demás, su frustración o su prepotencia, y en lugar de aprovecharlo como un impulso para reforzar nuestras virtudes esenciales, señalamos a otros.
La paradoja es que la paz es activa, y más paradójico aún es entender que esa actividad debe ocurrir en nuestro interior para vencer nuestros propios fantasmas. La proactividad debe llevarnos cuando es posible a proyectar valores que ayuden a ser un apoyo para que otros recuerden sus propios valores, más allá de sus motivaciones, tratando de lograr superar las diferencias que se pudieran tener no desde el conflicto sino desde la tolerancia, la empatía y la búsqueda de la verdadera paz interior, que no es adormecimiento.
Soltar lo que nos impide mostrar nuestra mejor versión alineada a lograr una sociedad que trate a los demás con el respeto y la consideración que se requiere para una convivencia en armonía, desde el respeto a la diversidad porque es lo que precisamos para crear en común la verdadera paz.
Ejemplos hay muchos, no tantos como nos gustaría, de que antes de agredir, callar unos segundos y respirar evita muchos conflictos innecesarios, pero también que sea posible el diálogo constructivo, teniendo la capacidad de poder manifestar las propias ideas desde el respeto y con la finalidad de llegar a un entendimiento, soltando lo que cada parte siente que no es coherente.
La coherencia es la unión del sentir, la palabra, la acción y el pensamiento, por lo que es imprescindible esa conexión interior, reconocer cuándo estamos desalineados, y buscar esa coherencia no para castigar, sino para conectarnos con algo superior que nos dice que estamos en paz con la vida.
Aprender que esa alineación superior remueve patrones mentales fruto de la cristalización de viejas emociones atrapadas, es asumir nuestra propia responsabilidad en el proceso, personal y global. Ir más allá de los impulsos producidos por la ira, la lujuria, la gula, la preocupación, la soberbia, la avaricia, la envidia, la pereza, dejar de conectar con los instintos más primarios y permitir que la vida nos sorprenda con el efecto que produce no caer en esta impulsividad, que se abra un mundo interior desconocido y permitir la experiencia de sentir esa paz que no es banal o insulsa, sino que es la puerta a una intuición superior que nos procura una nueva visión de la vida, que por haberla olvidado tememos.
Vivimos así en un presente continuo que nos motiva a seguir ese camino a pesar de los tropiezos. Cuando un día nos detenemos unos instantes y conectamos con ese eterno presente, nos damos cuenta de que si todos lo hiciéramos un minuto a la vez en todo el planeta, la realidad cambiaría por completo. Requeriría un nuevo aprendizaje, por supuesto, un aprendizaje que nos lleva a reconocer nuestros propios valores, soltar nuestra vieja versión, para lo que necesitamos poner límites sanos sin disolvernos en lo que los demás esperan de nosotros.
Una de las cosas que aprendemos es que desde la víctima también vemos el mundo distorsionado. No podemos aportar lo mejor de nosotros porque no lo reconocemos, por sentirnos culpables, ya que si nos ofenden o nos agreden, será por algo, sobre todo cuando hemos idealizado a esas personas. Confundimos el perdón con el autosacrificio, y nos convertimos en buenos que esconden en realidad a un agresor. Si no piensa: ¿si yo pudiera o supiera tal o cual cosa, cómo respondería, qué le haría?
Lo mismo ocurre en el caso contrario: ¿qué temo si dejo de atacar o controlar a alguien, qué me podría ocurrir? Aflora así nuestros miedos, que en realidad son los que activan esa agresividad.
El autoconocimiento es ser rabiosamente honestos consigo mismos. Ser capaces de detenernos unos momentos y preguntarnos u observarnos antes de actuar y esperar la respuesta. Ese es el funcionamiento de la polaridad, que al detenernos podemos neutralizar y comprender qué nos ocurre, por qué actuamos como lo hacemos. Ese es el perdón a nosotros mismos. Luego podemos comprender que a los demás les ocurre lo mismo, el perdón a los otros, reconocer que los demás tienen sus propios procesos y actúan como pueden o como quieren, como hacemos nosotros.
Los demás podrán o no cambiar, pero hemos dado un paso adelante en nuestro camino a recuperar nuestra propia identidad, nuestra verdadera razón de existir. Conectar con la conciencia que somos, superando la parte puramente primaria. Comprendemos también que como humanidad, como conjunto, tenemos esos conflictos. Y también el miedo a lo desconocido, a lo olvidado, a ser paz, a ser amor, que es recuperar la armonía que produce ordenar nuestra energía y estar en coherencia. Ese es el amor incondicional que no sabemos realmente qué es porque no lo experimentamos: procurar que los demás estén bien sin esperar nada a cambio, dar sin esperar recibir a cambio, que también lleva una dosis de egoísmo, ya que si los demás están bien, nosotros también lo estaremos.
Es un egoísmo bien entendido, por todo lo explicado anteriormente. Si dos personas tienen un arma apuntando cada uno al otro, y renuncian a disparar, viven los dos. Pensar en el bien del otro, salvan a los dos. El miedo a que el otro pueda disparar antes, nos puede hacer disparar. El miedo se interpone y el propio instinto de supervivencia. Vivir en conciencia nos hace colocarnos en el final de la película, en cómo queremos que acabe, vivir de forma que se manifieste el mundo que queremos para nosotros. Ser paz, para tener paz. Cuantos más seamos, más paz habrá. Quienes quieren conflicto, vivirán en conflicto. Quizá sea un recurso que tiene la vida como medio de selección natural.



