María era una vendedora ambulante que, puerta tras puerta, casa tras casa, trataba de seducir a quien se le pusiera delante para obtener una venta, sin reparar en medios ni recursos.
El precio que ponía al producto que vendía era aleatorio, porque, como ella decía, es lo de menos, lo importante es el valor que le da el comprador.
Su forma de acceder al cliente era muy particular. Tocaba y desde que intuía el potencial el cliente, daba un paso adelante y mientras hablaba ya estaba dentro de la casa cerrando la puerta sin dar tiempo a que el ahora cliente tuviera la oportunidad de poner algún reparo.
Tenía un sexto sentido para intuir cuándo era mejor no invadir y abortar la operación porque quien se encontraba al otro lado de la puerta era mucho más fuerte y podía recurrir a la fuerza para detenerla. Vendedora sí, pero no tonta.
Su estrategia era no dejar pensar al cliente, que sin saber cómo, se encontraba firmando un contrato por un producto que ni veía ni necesitaba. Cerró muchas ventas y se sentía especial por lograr que cada vez la resultaba más fácil aplicar su sistema.
Su discurso trataba de crear una aureola de bondad que envolvía en un dulce ensueño a quien tenía delante cayendo rendido no a sus encantos naturales, sino a su encantamiento.
Es oportuno no confundirlo, porque todo encantamiento es fruto de una ola adormecedora que no saca lo mejor de los demás, sino que los acaba sometiendo a su voluntad. El encanto natural está al servicio de los demás, de algo nada egoísta.
La vendedora vivía así en su propia ola encantada, su propia nube que le acabó poseyendo porque prefería vivir un ensueño que la realidad. En definitiva, ¿qué es la realidad?
Vestía con un manto perfumado de amargura, una luz de gas adormecedora, que contaminaba a todo aquel o aquella que se encontrara en su camino.
No hay peor fantasía que creerse en posesión de la verdad y defensor de una causa noble, porque el Quijote nos enseñó, en su aparente locura, que todos tenemos un Sancho Panza que nos hace tomar tierra y priorizar lo simple, porque es donde se ocultan las grandes verdades.
Mientras, la propia nube le hacía creerse superior a los demás, porque aún en su propia nube no se enfrentaba a quienes le podían poner el espejo de la verdad frente a ella. La verdad es el antídoto de su elixir, ese que le hace sentir especial y diferente al resto.
Se alejó tanto de sí misma, que no reparaba ya de cuándo un cliente le seguía la corriente para no despertarla de su sueño. Le daba su número de cuenta bancaria para comprarle el producto y que se fuera satisfecha.
Una vez cerraba la puerta de su casa, mientras la veía alejarse en su nube, daba la orden al banco de anular la transacción y todos contentos. Su éxito se convirtió así en un espejismo más de su propio mundo.
Uno de sus clientes, la miraba marcharse en su nube y le susurró: Que tu propia luz te ilumine y guíe tu camino.
La vio desvanecerse poco a poco en el mundo de las ideas de donde provenía. Feliz y jovial.



