El mundo espiritual, el mundo invisible, a veces está entrelazado con intereses contrapuestos y nada altruistas o filántropos. Una revoltura energética para crear mundos alejados de un bien mayor, más bien por puro interés. Una carrera por acaparar, por ser los primeros y los mejores, pura competencia en que no dudamos en utilizar otros seres o confundirlos para obtener réditos espúreos.
Los seres mayores se apartan para dejar a los menores desenvolverse y que pongan en práctica lo aprendido en una suerte de exámen.
Es el celo por compensar errores del pasado que nos hace cometer mayores errores por ser repetitivos, por volver a caer de forma diferente en viejos patrones por miedo a quedarnos fuera de una carrera que es casi siempre ilusoria, tanto por la idealización del proceso, como por las ansias de un poder que no surge del ejercicio del propio poder, sino por miedo o por puro egoísmo.
Vemos muchos ejemplos de esto a diario, sólo hay que observar y estar en un estado meditativo, o como se dice en ciertas culturas indígenas ancestrales, al acecho.
En oriente siempre nos enseñaron a vivir en la introspección, recordándonos que la no acción no se refiere a no hacer nada, sino a dejar que la propia vida nos muestre el camino, pero para ello tenemos que tener un objetivo o una dirección a dónde dirigirnos.
Luego vienen las sorpresas y cuando no salen las cosas como nuestras mentes pequeñas habían previsto porque no surgió de un interés mayor, más amplio, vuelven nuevamente las confrontaciones y descargo de culpas para señalar a otros. Aunque es cierto que somos los responsables de lo que nos ocurre, muchas veces es la influencia de otras energías ajenas, ya sean encarnadas en un cuerpo o no, las que nos afectan, y ahí es donde tenemos la responsabilidad de marcar nuestro camino. Por eso digo que cuando hemos visto lo que ocurre, somos capaces de distinguir los límites de nuestra responsabilidad, hasta dónde llega, y dónde empieza la responsabilidad de los demás.
El perdón se confunde muchas veces, pero ya he hablado en otras ocasiones que no somos nadie para perdonar a nadie, sí para perdonarnos a nosotros mismos, que es lo que nos libera, cuando encontramos nuestra propia verdad, porque nunca sabremos la dimensión de la verdad de los demás, de ahí que no seamos nadie para perdonarles, sí para no sentir resentimiento, rencor o venganza, pero debemos dejarles a cada uno que se encuentren a sí mismos para que encuentren su propia verdad y puedan perdonarse.
La culpa es la que nos ha llevado a asumir toda la carga de lo que otros, consciente o inconscientemente hacen, por eso descubrir nuestra propia verdad, conocerás la aleteia y la emuná os hará libres, como decía el Maestro, nos libera.
La libertad está en encontrar nuestra paz interior, algo que nos puede llevar a darnos cuenta de que todos estamos inmersos en una sopa de frecuencias que nos influyen y nos afectan, por lo que debemos distinguir qué pensamientos, emociones y sentimientos son nuestros y cuáles no. Hacernos cargo de nuestra propia luz, y dejar a los demás que hagan lo mismo con la suya. El trabajo es individual por eso, porque nadie puede hacerlo por nadie. Esa es la verdadera responsabilidad de todos y cada uno, cada una.
Confiar en la ayuda que tenemos desde los mundos superiores y alinearnos con lo que nos haga bien y haga bien a otros, eso es el bien mayor. Porque tenemos ayuda en el mundo invisible, pero tenemos que discernir, y aclarar nuestro camino, dejando ir lo que ya no esté alineado con nuestra frecuencia. No va de ser mejores o peores, sino de estar en sintonía.

