Su sonido tenue daba mucha calma. Un cierto aroma a brea destilaba aquella melodía. Trazaba en el espacio nuevas olas de frecuencias que nos transportaban al interior de una cueva sagrada. Una gruta donde resonaba en lo más profundo de la Tierra y desde ahí a todo el Planeta.
Sólo era posible dejarse llevar y reverberar con su vibración. Oleadas que se movían por nuestro interior sacudiendo nuestras conciencias. Sonidos que nos llamaban a despertar del letargo. Era la hora.


