Cuando uno está en paz con lo que hace y ha hecho, no hay remordimiento. Cuando uno no recibe lo que supuestamente cree que debe recibir, desde un punto de mira muy corto, sin ampliar la visión y ver más allá de lo muy evidente y simplemente lo acepta, entendiendo que la otra persona puede ser mal agradecida, que come del pan de la vergüenza, o que no puede corresponder a la expectativa porque tiene un sistema de valores diferente, está en paz.
Si uno reacciona, sea por el motivo que sea, hay algo en el interior, más o menos profundo, que no está arreglado. Un dolor muy intenso, una amargura que debe gestionar, porque no hay por qué devolver el golpe, ya que si algo malo hay en la otra persona la vida se encargará de compensarlo. No somos justicieros, no poseemos la verdad absoluta. Ni tampoco poseemos todos los datos de por qué nos ocurre lo que nos ocurre.
Puede ser que se nos haya presentado una pantalla con muchos aspectos que nos llevan a ver las cosas de una forma, pero, una vez más, la vida, en su inmensa sabiduría, nos acaba sorprendiendo cuando menos lo esperamos mostrándonos algo insospechado e inesperado. Una pequeña pieza del puzle que cambia toda la realidad. Una sola pieza da una nueva forma a una gran verdad que la mente y las emociones desfiguraban.
En ese momento, ocurre el milagro. Tal vez, un arrebato de ira o de rabia. Tal vez, una cascada de lágrimas. Tal vez, se van las fuerzas que nos sostenían, o más bien, una energía que sostenía la estructura de una verdad oculta.
Esto es así porque todos, absolutamente todos, estamos a prueba. Nadie que habite este grandioso planeta está exento, y a más recursos te haya otorgado, más oculta estará la verdad. Porque en primer lugar, los recursos nos los dan para que volvamos nuestra vista a nuestro interior, a nuestra propia verdad.
Eludirlo es proyectar aquello oculto en los otros, y esa es otra pista que nos da la vida: aquello que proyectas está dentro de ti, nos dice en voz baja.
Pero la ardua labor y la batalla contra los grandes molinos de viento, cual Quijotes, nos aleja de nosotros. Y la vida acaba por presentarnos la pantalla. En ese momento toca gestionarlo, ser fuertes, volcar toda esa fuerza, la que sea posible, en detenernos, en centrarnos.
Acabamos entendiendo cómo aquellos que sufrían tanto, aquellos que parecían pusilánimes, aquellos que parecía que no les importaba nada, que parecían perezosos, inanes, hasta pueriles, estaban haciendo una gran labor de zapadores a favor de la vida, exponiéndose al dolor y al sufrimiento por amor, porque saben en su fuero interno que es la única forma de que otros seres sean capaces de agotar sus recursos, aquellos que creían inagotables, y se encuentren frente a sí mismos como Dios los trajo al mundo. Sin máscaras, sin corazas, sin otra cosa que ellos mismos.
Es tiempo de vencer las batallas que aunque se proyecten en otros y éstos las hagan suyas, no dejan de pertenecernos. Es tiempo de que caigan las murallas que nos hemos puesto para abrirnos a la vida y dejar de sufrir, porque el sufrimiento es una opción, y aunque no sea reconocido plenamente, si creamos dolor en otros, del tipo que sea, es que está presente en nuestro interior.
Nadie es más fuerte que nadie, aunque aparentemente, por el sistema de creencias impuesto y por la lógica de una mente cartesiana, así lo parezca.
Nada es y todo es.


