En aquella familia no se ponían deacuerdo. Rara vez se reunían todos juntos a la mesa para celebrar algo. Lo que sí hacían era reunirse en un funeral, o algún acto poco acogedor, ya que mantener las apariencias era mucho más importante que confraternizar. Llegaban a tolerar la presencia de otros por no desentonar.
Sin embargo, yo traté de unir, de aglutinar a la familia y limar asperezas, de poner un poco de claridad, verdad y paz, hacer entender que todo podía tener su origen en un malentendido o una situación provocada por una debilidad de un momento. Pero nada era útil.
Recuerdo ahora que el Maestro dijo que no le diéramos perlas a los cerdos para que no nos despedazaran. Quizá dentro de mi ingenuidad traté que pudieran cambiar su forma de relacionarse, de ir poco a poco dejando a un lado los conflictos y reencontrarse. Ahora sé que cuando las personas no están preparadas para asumir un cambio no se les puede presionar, no se les puede poner por fuerza el espejo delante porque no quieren verse en él y prefieren señalar a otros.
Eso sí, tratando de lograr unión, al final lo conseguí, como suele pasar en estos casos. Es algo que se me ha repetido en el tiempo, porque la vida te demuestra que es un presente continuo que se repite hasta que asumes que hay que dejar atrás expectativas que no conducen a nada, tratar de que el equilibrio prevalezca, una forma sutil de hacer justicia. Así que, sí, lo conseguí. Logré la unión tan ansiada.
Por arte de magia todos fueron uniendo sus fuerzas, su complicidad, porque encontraron la vía de escape perfecta para no asumir sus responsabilidades: aquél que quiere hacer justicia, que la haga. Que se preste a ello. Así que me señalaron y me convertí en su objetivo. Todo lo que tenían que decirse unos a otros lo descargaron en mí. Con el tiempo, no demasiado tiempo, hay que decirlo, la carga era cada vez más difícil de soportar. Me fui encerrando más en mí mismo, abandonándome por conseguir la paz en la familia.
Aceptando que me señalaran, que me acusaran, que inventaran todo tipo de rumores y por su puesto, siempre dispuesto a poner la mejor cara para que nadie se molestara. Así, día a día, insulto tras insulto, paciente y sumiso, recolecté cada ofensa en nombre de la paz y la fraternidad.
Como nada era suficiente, el nivel de presión iba subiendo. Hay que decir que las caras de los demás, no de todos, también es verdad, era cada vez más resplandeciente. Incluso llegué a ver cierto brillo fugaz en sus ojos. Se sentían muy felices y poderosos de haber encontrado al fin a alguien tan bueno. Eso sí, si un día trataba de poner un reparo rápidamente sus caras cambiaban y se tornaban inflexibles, con severidad. No se podía consentir que me relajara un solo instante porque la justicia es implacable y no se va de vacaciones.
Había una abuela que trataba de conciliar, pero como era mayor tampoco quería exponerse demasiado y que la apartaran. Cuando somos mayores no queremos quedarnos solos, y se entiende que no forzara la situación, pero sí llegué a ver en más de una ocasión cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla.
Lejos de reconfortarme me hacía sentir mal porque estaba indefensa en una jungla que no tenía límites. Siempre la tuve cerca en la distancia, porque algunas veces hacía algún ademán de mostrar cariño con cierta reserva, ya que si alguien la veía trataba de desviarla y que no tuviéramos un lazo estrecho. Era otro peso que soporté que quizá me dolía más que el que me tocaba a mí directamente. Donde quiera que esté sé que aún está conmigo y le envío un beso grande.
Aunque sabía que todo era fruto de la inconsciencia, no era fácil de sobrellevar. Cada día que pasaba la presión era mayor, aunque no hubiera nadie a mi alrededor se podía sentir muy agobiante. Eso que llaman ahora el inconsciente colectivo o el egregor familiar pesa como una losa que no nos permite avanzar y nos tira para atrás o nos pone piedras en los zapatos.
Para no molestar, me fui retirando cada vez más de la vida, me encerré en mí mismo y me oculté. Así, al no verme era más fácil que se fueran olvidando de mí. Pero no servía de nada. Siempre había alguien que ante cualquier contratiempo, se acordaba de mí y me llegaba su ira, su frustración, o su apatía. Me había convertido en un recolector de miseria con la esperanza de que todo cambiara algún día.
Pasaban los días, los meses, los años, y nada cambiaba. Empeoraba y no veía una salida airosa, ya que si trataba de decir algo las miradas me atravesaban y se sentían como puñales que me clavaban. Así que literalmente me encerré y permití que me tomaran por loco. Era una locura elegida, una forma de reclamar un espacio y un rol donde nadie me invadiera más de lo que ya había elegido. Quizá así podría llegar el día en que todos, ahora unidos en una causa, se olvidaran de sus rencillas y tuvieran una relación menos distante, aunque no fuera auténtica.
Con la perspectiva del tiempo veo a aquél que eligió una paz ficticia y enfermiza con compasión y le digo que ya es hora de dejar atrás la familia. Irse discretamente, sin hacer ruido, pero con determinación. Romper los puentes que nos unían y caminar hacia una nueva vida. Sin rencor, sin remordimiento, sin reproches. Entiendo que no se puede hacer por los demás el trabajo que les corresponde a ellos y que no podemos soportar las cargas que no nos corresponden porque les privamos de su propio aprendizaje.
Agradezco la gran lección, porque con el tiempo entiendo que fue elegida pero suelto en el fuego transmutador todo lo que ya no tiene sentido. Suelto la carga, me toca elegirme a mí mismo y respetar las decisiones de los demás sobre su propia vida.
Suena la obra de Rimsky Korsakov Sherezade que curiosamente se sacrificó por amor y se casó con el Sultán para que con su amor el Sultán se enamorara de ella y detuviera las muertes a las que sometía el día después de su boda a cada esposa con la que se casaba.
Por amor se sacrificó para detener aquella masacre del cuento de las Mil y Una Noches.
Mil y Una Noches pasaron de mi historia en este presente continuo, y por amor, les dejo a cada quien con su propia historia y les libero.
Gracias.


