Cuando no creemos en nuestras posibilidades, la vida nos pone un perpetrador o perpetradora para que nos espabilemos. La mayoría de las veces esas personas tienen también, como la mayoría de nosotros, un gran vacío interno o una gran falta de autoestima, quizá mayor de la que tenemos. Sin embargo, hacen uso de la violencia física, emocional, mental o de palabra para tratar de someternos a su voluntad egoica.
Someter la voluntad es una de las mayores satisfacciones que pueden tener para ver a alguien caído a sus pies y hacerse grande por un momento. Una victoria que no deja de ser pírrica, porque es una forma de que ese niño o esa niña que sufrió en su momento por haber entendido que lo que vivió en su entorno familiar tenía que ver con ella, quizá un padre o una madre ausente presencial o emocionalmente, tenga una cierta compensación, pero en unos casos puede desarrollar una rabia interna que se puede volver hacia el exterior.
Si además en su vida se han dado casos de réplica de casos de abuso, ha sufrido más aún, por lo que si esa rabia no se gestiona bien se puede tornar en violencia. Y así son capaces luego de “enseñar” a otros a tener más valor, a tener menos soberbia, a tener menos sed de venganza, porque a palos nos acabamos por ablandar.
No justifico esta violencia en ninguno de sus aspectos, sólo trato de situarlo en su contexto. Esa victoria es muy aleccionadora para quien es derrotado, sobre todo cuando es consciente de todo lo hablado anteriormente. Seguir adelante y tomar como lección que nadie tiene autoridad para someter a nadie. Vimos en este artículo que hay derrotas muy dulces, y ver las heridas del perpetrador, su satisfacción por la victoria, su regodeo en el sufrimiento infrigido, no puede sino despertar compasión por sus heridas profundas que no puede gestionar por la razón que sea.
Dejarlo pasar, que continúe su experiencia vital y nosotros a restaurar el equilibrio entre soberbia y la laxitud de permitir lo que sea. Porque hay que entender como abuso cualquier intromisión en nuestra vida, tratar de asumir roles que no le corresponde, tratar de organizarnos la vida, tratar de que le tengamos en cuenta por una obligación que solo esa persona cree que tenemos hacia ella. Hay formas de abuso muy sutiles y hasta sublimes, como los disfraces que se ponen adaptándose a cualquier situación, utilizar la sedución no como una forma elegante de mostrarse accesible sino como una forma de acercamiento, con tintes sexuales muchas veces, para conseguir su propósito y obtener lo que se haya propuesto.
Todo esto está perfectamente definido en el perfil del eneatipo 2 del eneagrama cuando está en desequilibrio. Y una de las causas más profundas por lo que esto ocurre es porque en un momento de su niñez, creyó que su madre o su padre no le correspondía como debía, incluso que muchas veces creyó que las discusiones entre sus padres eran por su culpa, se sentía culpable casi de existir, con ganas de desaparecer, salir corriendo, introducir la cabeza bajo el ala como la cigüeña o cualquier otra forma que corresponda a su personalidad.
Vemos cómo en realidad, tanto cuando nos creemos víctimas como cuando somos perpetradores estamos respondiendo a una programación de nuestra psique, a una posible deficiencia o desequilibrio que traigamos al nacer y por ello hayamos creado las situaciones que nos muestre y nos enseñe qué aspectos aún preceisan de atención para ser transformados.
Y luego, dejar ir. Dejar ir la situación sin rencor, sin resentiemiento, o incluso dejar ir a la persona, porque ante alguien que actúa así y sobre todo con un patrón repetido, no cabe otra cosa que pasar página, quedarse con las lecciones aprendidas y que continúe en busca de nuevas experiencias. Que siga adelante con su vida, y nosotros con la nuestra sin sentir culpa por soltarla.
La culpa, sentirnos culpables, es lo que nos hace pretender arreglar al otro, y eso nos retiene en la misma experiencia una y otra vez, pero cuando ya es suficiente, es suficiente. No somos nadie para arreglar a nadie ni para perdonar a nadie, porque el verdadero perdón es no sentir culpa, rencor ni resentimiento. Es lo mejor y más amoroso que podemos hacer por esa persona para que pueda experimentar su proceso consigo misma, situándose frente al espejo.
Pero claro, para un perfil 2, mirarse al espejo es todo un reto, sin embargo, es la única forma que tiene de afrontar su camino. Lo sabemos por experiencia, por eso muchas veces los perpetradores elijen a sus víctimas, porque tienen algo muy importante que enseñarles, si lo quieren o pueden ver.
Se trata de ser valientes, no confundir la valentía con la tiranía, no confundir la valentía con el exceso de autoridad. Porque, como hemos visto, genera violencia del tipo que sea y eso, a la larga, a quien más hace daño es a sí mismo, ya que refuerza el patrón y la transformación se hace cada vez más difícil. La verdadera valentía es asumir nuestra responsabilidad y afrontar nuestra transformación, aún cuando ya hemos pasado mucho anteriormente. Ser capaces de hacerlo.
En realidad, teniendo en cuenta el eneatipo 2 y lo que el Maestro dijo, se están buscando a sí mismos, y para no sentir dolor prefieren infligirlo a otros. El eneatipo 2 lo que busca es el equilibrio interno, el amor a sí mismos para despertar la compasión, abrir el corazón, dejar de buscar el amor afuera, que los demás le den el amor que son incapaces de darse a sí mismos. Por eso todo empieza por uno mismo, darse tiempo y dejar distracciones externas que son excusas para no mirar en nuestro interior.
Todo un viaje. Y vemos que por muy grandes y especiales que nos veamos, la mayoría de las veces solo estamos actuando desde la programación del EGO, lo más alejado de la conciencia, porque cuando actuamos como respuesta a una provocación y necesitamos justificarnos para demostrar que somos capaces, estamos reaccionando, siendo impulsivos, y seguramente quien se siente superior, es quien tiene más facilidad para demostrar su capacidad de hacer daño, por ejemplo. Buscar la aleteria, la verdad interna, para que la Emuná (el cambio transformador) nos haga libres.
El perpetrador pasó de ser o sentirse víctima a ser perpetrador, un juego de polaridades que la vida nos propone para experimentarlas y reconocer que en el equilibrio, el camino de Enmedio que nos enseñó El Buda, está el secreto para acceder a la conciencia.



