A una velocidad cada vez mayor, la inteligencia artificial ocupa un lugar más predominante en nuestra vida. Ahora se habla mucho de ella, pero pocos recuerdan cuando Deep Blue derrotó al entonces campeón del mundo Gary Kasparov. Por primera vez, un ordenador venció a un campeón del mundo de ajedrez.
Entonces, su capacidad de inteligencia, elegir entre varias opciones era mucho más limitada que ahora. La tecnología ha avanzado tanto, que en lo que ahora procesamos con un ordenador portátil la inteligencia artificial puede procesar muchísimo más. Sólo tenemos que recordar que hace unos años los mismos dispositivos móviles tenían una capacidad de procesamiento muchísimo más reducida.
A los niños les hemos dado esos dispositivos para entretenerlos, para que no molesten muchas veces, y sobre todo, porque no sabíamos qué hacer con ellos o teníamos otras cosas más importantes que hacer que educarlos. Les hemos creado un mundo alternativo donde parece que ese otro multiverso es más real que la vida misma, que tampoco lo es tanto. Sin embargo, hemos creado jóvenes disociados de la vida, y lo que es peor, de su propia inteligencia.
Si cada vez la inteligencia artificial hace más cosas y sustituye la capacidad del humano en tareas rutinarias, a medida que avanza la tecnología lo hace con tareas más creativas, o al menos aparentemente creativas.
Tiene capacidad para devolver los planos de una casa con un diseño novedoso ajustado a las características que se le pida. Trata de sustituir al médico en primera instancia pero también vemos cómo en operaciones complicadas donde se requiere una destreza y una precisión muy refinada, la inteligencia artificial está sustituyendo al cirujano, sobre todo en operaciones de neurocirugía, además logrando que sea menos invasiva su actuación con un tiempo de recuperación menor.
Coches “inteligentes”, que es un término que desde hace unos años se nos ha introducido para hacer referencia a a esa capacidad de procesamiento y de “creación”, de responder a una petición como lo podría hacer un ser humano. Les hablamos al teléfono, y nos devuelve información, el plano de situación de un lugar, o nos busca una película o una música.
Esto ya lleva con nosotros un tiempo y nos gusta porque nos hace la vida más fácil, sin embargo conlleva un riesgo: dejar todo nuestro poder a la inteligencia artificial. Cedemos nuestra capacidad para que haga el trabajo por nosotros, que está bien porque para eso está, pero no estamos entendiendo que no es para luego dedicarnos a la función animal del ser humano, sino para que desarrollemos a la vez nuestra capacidad supra-humana.
Si no, nos quedaremos en una pantalla eligiendo el menú que querramos comer, beber, ver una película, jugar a tal o cual juego, mientras la vida pasa en otro nivel, creyendo que eso es lo que debemos hacer. Lo tenemos todo a nuestro servicio, rápido, cómodo, pero estamos siendo parte de una realidad como nos anunciaron en programas de televisión donde un grupo de personas se encerraban en una casa y convivían, mientras otros desde afuera les dan las indicaciones por el auricular, les penalizan cuando no les obedecen y les premian con un buen plato de comida cuando sí lo hacen.
Les hacen decir y hacer de todo, les insisten, les presionan, todo por el espectáculo que otros enchufados al televisor luego van a replicar en la vida diaria, hasta tal punto que repiten las mismas expresiones, los mismos gestos, comen lo mismo… Una programación para crear una sociedad como la que estamos viendo, con el peligro de que cada vez es menor la capacidad de reacción porque cuando se está tan integrado en un rol, porque lo hemos vivido a través de las emociones que los actores han despertado en nosotros, lo hemos fijado en nuestra mente y al repetirlo lo sellamos.
Vemos tiendas enormes con juegos de ordenador, dispositivos especiales para imprimirle más realismo al juego, cómodos asientos y todo lo necesario para que la experiencia sea inmersiva y nos imbuyamos en ella. Luego vivimos todo tipo de historias, interactuamos con otras personas en cualquier parte del mundo y lo mejor, establecemos competencias a ver quién es el mejor, lo que nos proporciona una energía extra que ayuda a que se imprima en nuestras neuronas toda esa realidad virtual, mientras que la competición nos hace esforzarnos más para ser mejores, o lo que es lo mismo, para integrar más profundamente esa información.
Así nos aislamos unos de otros, creamos grupos, sociedades virtuales que una vez más está siendo programada por quienes crean los juegos que a su vez lo mejoran con el feedback recibido por los jugadores. Mientras que la tecnología mejora y dota al juego de una calidad de imagen más real, el juego posee al jugador.
Épocas donde el consumismo es potenciado para atraer a los clientes para adquirir la última o la re-última versión de algo que no necesita pero que sin embargo llega hasta a pedir un crédito para no quedarse afuera, para estar integrado con el resto, para estar al día y que cuando hablen de tal o cual prestación o personaje sepa en todo momento seguir la conversación.
Todo esto nos aleja de nuestra verdadera realidad. Ya no damos importancia a una conversación, a escribir, a dar un paseo por la naturaleza, a simplemente escuchar a alguien que necesite ser escuchado, a escuchar una buena música, a pintar, dibujar, crear arte, ocuparnos de qué es lo que necesitamos para tener una existencia más plena, sin necesidad de artilugios, simplemente siendo nosotros y nosotras.
Nos perdemos en un juego y ayudamos a que otros se pierdan. Es momento de hacer una parada, dejar todo por unos días, mirarse unos a otros. Ahora te pregunto: ¿Qué harías con tu familia si se reunieran solo un fin de semana sin otras personas? Es un buen retiro, y mejor hacerlo conscientemente nosotros y nosotras a que nos lo vuelvan a imponer como hace unos años. En la familia se necesita escucharse de forma abierta y desgarrada, soltar los dispositivos, la televisión, todo, y mirarse a la cara.
¿Eres capaz de vivir un fin de semana con los dispositivos apagados, sin internet, sin televisión, sin radio? Esta es la gran adicción que hemos adquirido. Sé que las redes sociales han contribuido a crear un entrelazamiento cultural nunca visto, pero todo se valora por el uso que hacemos de cada cosa.
Vemos vídeos en las redes sociales que ya no sabemos si son reales o no. Nos tragamos cualquier cosa. Y si no, un ejemplo muy cercano: vemos en una cafetería un pequeño robot con voz de niño que en a través de la pantalla nos dice frases que toca nuestra emociones, con mucha inocencia. He visto personas mirándolo de una forma muy tierna, con una sonrisa como si estuviera viendo a un niño. Sin embargo a su hijo que lo tiene sentado en la misma mesa, no lo mira así. Incluso intercambia frases con el robot, llegando a darle pena por tantas vueltas que da el pobrecito.
Tenemos que revisar urgentemente nuestros planteamientos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. El nuevo tiempo es este y como seres humanos tenemos la capacidad de sentir, de expresar, de crear, de decidir y elegir, pero si cedemos esa capacidad a estas inteligencias, no estamos entendiendo nada. ¿Recuerdas la película tiempos modernos protagonizada por Charles Chaplin?


