Me gusta poner como ejemplo películas porque están ahí precisamente para recordarnos el camino a seguir y también para despirtarnos, dependiendo de la intención con que haya sido hecha. Una de ellas es Regreso al Futuro.
Venimos del futuro porque hay algo que no acaba de cuadrar del todo en nuestra realidad. Aunque somos Maestros, aún falta por comprender algo, lo que supone corregir algo. Para eso volvimos al pasado, ese presente continuo que vivimos para revisar y corregir aspectos que han quedado pendientes, vestidos de dolor algunas veces y otras de pasión.
Para eso debemos recordar que la paz es ese paso que antecede a la iluminación, la paz interior, la verdadera paz. Cuando algo no funciona porque hay conflicto, lo primero que se pierde es la paz, precisamente porque es el penúltimo paso. En ese camino comenzamos un descenso pasando por emociones de cada vez de más baja frecuencia porque es la forma que tenemos de ir al origen del conflicto.
Ver cómo el observador que somos es lo que nos permite poder revisar todo aquello que nos conmueve y nos confronta, nos resta paz, para poder entender y comprender tanto nuestro interior como el mundo que nos rodea. En ese camino nos perdemos, nos alejamos de nosotros porque nos hemos creído el papel que estamos representando, las diferentes máscaras o personalidades que utilizamos para comprender todas las energías que están disponibles en este juego que llamamos vida.
Nos encontramos por el camino otros personajes que son un reflejo de lo que fuimos. Unas veces nos dejamos imbuir por ellos y otras entramos en conflicto, muchas veces frontalmente. Así vamos experimentando diferentes aspectos de lo que llamamos personalidad, roles prediseñados para poner en práctica y poner en marcha el juego. Pactamos con otros interactuar para ponernos situaciones a veces llegando al límite para que afloren las causas y las reacciones que nos llevan a entender y comprender qué ocurrió, resolverlas, recordarlas para no repetirlas y seguir avanzando. Vamos comprendiendo que no fuimos ni tan puros como creíamos ni tan viles, simplemente fuimos. Por eso es tan importante no perder el foco de que somos meros observadores, que estamos inmersos en una meditación revisando todo lo que va aflorando para corregirlo.
Llegamos a vivir ese proceso tan intensamente, que las emociones se disparan llegando a nublar nuestra mente, y así darle verisimilitud a lo que ocurre. Experimentamos todo el catálogo de emociones disponible, que hemos etiquetado para poder diferenciarlas y gestionarlas, pero que en definitiva son cualidades diferentes de una misma energía. El amor incondicional es el paso anterior a la paz. Ver las cosas y las personas tal como son, sin aditivos, sin calificarlos. Es un paso al que llegamos a través del discernimiento, de un trabajo intenso y profundo de querer ver las cosas. Sin esa voluntad de querer ver la realidad de otra manera no será nunca posible.
Volvemos poco a poco a darnos cuenta que nada es lo que parece, que hay una verdad que subyace a todo lo evidente. Aquí el trabajo interior, mirar hacia adentro, es el que nos permite entender que todo está en nosotros, porque es nuestra propia mirada, la propia visión de la vida la que tiñe la realidad que vemos y en la que nos movemos. Por eso por mucho que huyamos, por muy lejos que querramos ir, esa verdad nos persigue, porque está en nosotros y de una u otra forma formamos parte de ella.
La física cuántica explica que el observador es capaz de cambiar con su presencia la realidad, como se demuestra en el experimento de la rendija. Los electrones responden así a la presencia del observador y la realidad se ordena, pues aunque sea caótica, siempre tiene un orden interno.
Precisamente como formamos parte de una realidad mayor, todo está inmerso en esa realidad, forma parte de ella, tanto el caos como la armonía. Darnos cuenta de esa realidad es lo que nos permite cambiarla, darle un nuevo orden. Eso es lo que transforma la realidad. Es a través de nuestra presencia, o lo que es lo mismo, de mantener un estado coherente de paz interior la que nos permite darnos cuenta, iluminarnos, ser conscientes de lo que ocurre y transformar esa realidad.
Todos los que formamos parte de este juego estamos experimentando, probando, buscando la manera de entender cómo se puede cambiar la realidad. Ahí es donde entra la responsabilidad. Cuando buscamos adaptar una realidad para que sea conforme a nuestra voluntad, afectamos a otras realidades que si no son conscientes de cómo funciona este sistema, acaban por formar parte de la nuestra. Nos convertimos así en creadores de una realidad e integramos a otros, conscientes o no, a ella.
Si pensamos desde un observador mayor, trataremos de integrar cualidades que resuenen con las que queremos ver en nuestro mundo, como la paz, la armonía, la tolerancia, la pureza o la transformación. Así estamos diseñados en un mundo superior y es fácil comprobarlo porque cuando tenemos un pequeño momento, un segundo, de haber alcanzado un estado de éxtasis, ya reconocemos que eso es lo que queremos lograr. Es una sensación que no se puede explicar con palabras y desde ahí la vida se convierte en una búsqueda interior más profunda.
Sin embargo, muchas veces nos volvemos a perder queriendo cambiar a los demás, imponiéndoles nuestra voluntad, controlándoles, atándolos si es preciso para que no manchen ese campo cuántico en el que nos movemos, pero eso lo que produce es un efecto contrario. Así surgen las disputas, las controversias, las reacciones indiscriminadas, la incredulidad, en fin, todo lo contrario a las cualidades que buscamos.
Cuando el trabajo es interior, nos convertimos en un ejemplo y se dice que una sola persona es capaz de alterar el campo a su alrededor en hasta un kilómetro o más. Si en lugar de una somos más, se lograría la paz en un momento. Luego hay que sostener ese estado.
La inquietud, la búsqueda de experiencias nuevas, si no se tiene una referencia visible, tangible, provoca que se pierda ese estado porque nos hemos acostumbrado a que si no actuamos continuamente, si no “hacemos”, estamos perdiendo el tiempo, y así volvemos a crear caos nuevamente. La paciencia es un arte y es el camino para vencer la impulsividad incontrolada que nos lleva a salirnos de ese eje invisible que nos crea el estado de coherencia que nos conecta con algo superior y eso superior es conectar con eso nuevo intangible.
No es fácil permanecer inmóvil, ni es lo que debemos hacer. Lo que debemos tratar es mantener ese estado en cualquier situación, por complicada que sea, esa verticalidad que cohesiona nuestros cuerpos energéticos y nos da integridad energética.
Buscamos incansablemente una misión que cumplir, envainar la espada de la justicia que haga que caigan todos los que no cumplan ciertos cánones que no sabemos bien tampoco de dónde vienen. Es esa búsqueda la que nos desvía del camino, porque nuestra verdadera misión es permanecer coherentes, haciendo algo, sí, pero que nos ayude a sostener esa coherencia porque si no no estamos cumpliendo nuestra misión.
Nos dirigimos a eso, de hecho ya estamos ahí, pero veo que hay muchos que no están entendiendo ese proceso precisamente porque siguen buscando desde una energía diferente, la que existía hasta hace muy poco, que era la de romper los patrones que habíamos creado, y el principal era este. Por eso cuesta tanto cambiar, porque muchos de los que han vivido tan imbuidos en aquella energía aún se comportan conforme a ella. Pero ya es otro tiempo.
Si tan solo una pequeña parte de esas personas se dieran cuenta de esto y se propusieran actuar de otra forma, esta realidad cambiaba al instante, pero se necesita de un tiempo de desconexión de esa realidad, de reencontrarse consigo mismos, de comprender que hay que detenerse y reconfigurarse, pero no de una forma estética, sino profunda, auténtica.
Para ello se necesita de una gran dosis de valentía, de fe en sí mismos, de voluntad, de humildad y de inocencia. No creerse derrotados porque entiendan que deben cambiar profundamente, eso es orgullo. Simplemente dejar las viejas vestiduras, quemarlas en la hoguera sagrada de la transmutación y seguir adelante dejándose sorprender por lo que llegue.
Respirar, soltar, permitir… son más que palabras, son acciones profundamente transformadoras. Aparcar viejas responsabilidades y obligaciones que un día nos fueron útiles, pero sobre todo, reflexionar sobre los efectos que ha tenido aquellas acciones, muy loables, en sí mismos y en los demás.
Es muy fácil entender que menos es más, que quizá por querer que los demás actúen como queremos o hemos aprendido, éstos no avanzan, porque aunque somos lo mismo, actuamos de forma diferente. Respeto a la diversidad, a sí mismos y a la vida.
En realidad es muy simple, pero el peso de las responsabilidades que nos hemos hechado encima nos impide movernos con libertad. Este es ya otro tiempo, no entenderlo aumenta la confrontación interior y exterior. Hace unos años nos mandaron a parar, seamos responsables para que no nos traten como niños y tengan que volver a detenernos. Es hora de madurar y expresar esas cualidades superiores.
Te veo, te comprendo. Te deseo mucha paz.

