La idolatría apaga nuestra propia luz, nuestro sonido se vuelve grosero, nuestra vibración sólo busca recolectar de los demás su luz, su sonido, sus átomos… miedo, aléjate de mí, permíteme crear mi propia nota, que mis fotones se enciendan por sí mismos. Ídolos de barro que la más fina lluvia es capaz de disolver, inconsistentes, previsibles, rutinarios, inanes.
Con ese mismo barro el iconoclasta moldea una nueva verdad, auténtica, fiel a sí mismo, desmitificando toda ilusión egoica alejada de la más pura identidad. Ser ejemplo, no modelo. Ser un faro que no guíe, simplemente alumbre el mundo, como Sol que no pide nada a cambio de sus rayos.


