Muchas almas que se creen dañadas y exigen una reparación no se detienen hasta conseguir que la que dañó caiga rendida. Esa rendición que el EGO nos inspira, pasa también por hacer ese acto de consolación haciendo que se sientan importantes, porque como los niños, quieren sentirse victoriosos y superiores, vencedores y especiales.
Entonces, ¿por qué no darles ese placer? ¿A un niño le negarías sentirse el héroe más valiente por un instante?
Cuando maduramos y nos hacemos mayores, lejos de ser condescendientes, apartamos el interés propio, renunciamos por unos momentos a nosotros mismos por hacer que se sientan bien. Es una manera de hacer algo por un bien mayor, ver por un momento la cara de felicidad de alguien que se siente el más importante del mundo.
Muchas veces lo hacemos con un interés oculto, jugando con los demás, pero llega un momento en que sale sin darnos cuenta. La propia energía se encarga de hacerlo, por qué no. No es alimentar otro EGO, yo hace un tiempo que ya dejé de hacerlo, pero cuando lo dejé de hacer pasé a ser intolerante, a no ceder ni un ápice, y la vida se va encargando de equilibrar la energía, porque tanto en un lado como en el otro, el resultado es tener de vuelta la confrontación.
Para eso hay que renunciar a cosas que quieres, incluso a personas, pero es la manera de ir un poco más allá, ya que cuando la situación se vuelve insostenible porque nadie quiere ceder y acudir a un encuentro, ese sesgo produce mucha fricción e intereses contrapuestos. Nos vemos en un mar imposible de navegar, una tormenta perfecta y no queda otra que renunciar.
Hay veces que ese desencuentro es simplemente por intereses diferentes, por frecuencias diferentes, o por no querer pensar en algo más importante, una colaboración real, cada quien desde su ámbito.
Estamos en unos momentos en que parece que hay que crear diferencia, clanes, y tal vez sea así, tal vez me agarro a esa colaboración por no tomar decisiones o ser incapaz de elegir, suele pasar. Pero cuando tomo distancia y veo cómo funciona este… no sé cómo llamarlo, escenario, veo que nuestras heridas son las que producen esos desencuentros.
Cuando nuestra vibración baja, vemos mucho mejor los programas que están en desarmonía, por eso muchas veces la vida nos ponen en situaciones que nos bajen la frecuencia y poder reparar o corregir esos desajustes en nosotros. Es aquí cuando vemos que nuestra mirada cambia con respecto a los demás porque volvemos a un personaje que tratamos de soltar. Sin embargo, cuando estando abajo, seguimos viendo la misma jugada, el mismo escenario, es cuando ya entendemos que es uno quien ha cambiado y que los demás siguen en su mismo rol.
En ese momento si optamos por la rendición y darles el mérito, devolviéndoles la alegría, estamos en paz. Luego toca reflexionar y ver a dónde nos lleva la vida. Pero ya al mismo lugar es imposible, porque hemos cambiado. Hemos reconocido con quién queremos estar y con quién, simplemente, no podemos, porque ya no tenemos esa frecuencia que nos atraía.
Y empieza así una nueva vida, aunque nos encontremos en el camino o coincidamos en el mismo lugar, ya nada es igual. Cambiamos nosotros, y todo cambia.


