Nacemos de una semilla, que germina al calor del Sol. Se desarrolla, crece y un día vemos la luz, al salir de la madre Tierra. El Sol cada día nos da su alimento, crecemos y evolucionamos. Poco a poco el tronco crece y se hace más fuerte, mientras las raíces se afianzan en la tierra. Del tronco van saliendo unas ramas que son las decisiones que vamos tomando en la vida.
Primero las toman nuestros padres por nosotros, y poco a poco vamos adquiriendo conciencia para ser nosotros quienes empezamos a tomarlas, unas veces atrayendo cosas positivas y otras no tanto, pero en definitiva, cada decisión supone un aprendizaje.
El árbol crece y crece desarrollando más ramas. Nos vamos encontrando nuevos caminos y tenemos que seguir creciendo, no podemos detenernos, porque el tiempo, aunque inexistente es inexorable, una paradoja más de la vida. A veces nos alejamos tanto del tronco, que tenemos que saltar a otra rama cercana para salirnos de un camino que nos llevaba a ninguna parte.
Con el paso de la vida y de las experiencias, aprendemos que el camino recto lo indicaba el propio tronco, el centro. Pero para eso están las ramas, para que nos demos cuenta de que cuando andamos por ella saltando de aquí para allá, de vez en cuando está el precipicio, la fragilidad de las propias ramas y los caminos infinitos.
Para eso precisamente nacimos árboles, para darnos cuenta de que con unas raíces sólidas, y un tronco fuerte, no hay tormenta que nos abata. Aprovechamos las estaciones para regenerarnos, que no es otra cosa que morir para volver a nacer. Pero sobre todo, en cada anillo del tronco, acumulamos sabiduría para no seguir andando por las ramas y dejar conocimiento y experiencias para que otros que se arrimen a nosotros puedan servirse de este saber.
Así, todos aprendemos de todos, crecemos en conciencia y evolucionamos, desarrollando cada uno el árbol de nuestra vida.