No valorarnos nos lleva a desconfiar de todo y, por supuesto, de nosotros mismos. Tenemos a nuestro alcance regalos que nos hace la vida y los deshechamos.
Quizá estamos tan acostumbrados a lo negativo, a recibir desengaños, golpes de la vida y de otras personas, que cuando llega lo nuevo el efecto sorpresa nos deja paralizados y, como de costumbre, negamos lo que nos encontramos.
No hemos podido valorar en su justa medida en el momento decisivo lo que nos ofreció la vida y justo después, como ocurre con las películas o los concursos de televisión, se nos muestra la solución y comprobamos que no era tal como habíamos pensado.
Es verdad que muchas veces la envoltura no es la más inspiradora y otras no lo es el portador del regalo, sin embargo, tropiezo a tropiezo nos vamos conociendo más, vamos reconociendo las anclas que nos impiden ser libres para que las trascendamos siendo conscientes de ellas, ya que es parte del proceso de transformación.
Es necesario ser justos con nosotros y reconocer que los cambios, cuando se ha creado una personalidad durante muchos años y grabado con el fuego del dolor tantas emociones y traumas, precisamos un tiempo para liberarlas. Es parte del entrenamiento recoger el premio a un esfuerzo y un trabajo de transformación llevado a cabo durante mucho tiempo.
En nuestra vida se forma una transición que produce un vacío existencial que busca mirar atrás, no porque cualquier pasado fuera mejor, sino por no tener una referencia clara en el futuro. De ahí que sea tan importante tener un horizonte al que dirigirse.
Es en esta fase cuando se da el proceso de incertidumbre y si queda dolor emocional en nuestro interior, no hay una respuesta asertiva para aceptar lo que nos viene dado.
Seamos justos con nosotros pero no descansemos. No nos distraigamos con el ruido exterior.


